073 Paradoja de la sabiduría

Me invitaron a una conferencia, al principio presté mucha atención a todo lo que el conferencista estaba diciendo pero conforme avanzaba cada vez cuestionaba sus razonamientos y lógica. Cada vez más lo enjuiciaba y me parecía que era erróneo todo lo que decía. Me parecía tan alejado de la realidad que me puse a ver las luces del auditorio, la gente, como luego dicen, estaba en todo menos en misa.

Llegó un momento que me desesperó tanto que se me hizo sencillo sacar mi teléfono móvil y comenzar a revisar mis mensajes, sentía que era más productivo ver mi teléfono que escuchar todas las cosas que parecían irrelevantes desde mi punto de vista. Estaba completamente cerrado a lo que el expositor quisiera decirme.

Después en uno de esos momentos donde sientes que si ya estás ahí pues lo mínimo que debes hacer es prestar atención, por lo menos por educación, es cuando escucho al expositor decir, la paradoja de la sabiduría: “Quien sabe mucho, escucha; quien sabe poco, habla. Quien mucho sabe, pregunta; quien poco sabe, sentencia”.

Mientras el expositor continuaba hablando al respecto, me sentía muy avergonzado. Entendí el milagro cotidiano golpeándome en la frente y diciéndome, pon atención, o acaso ¿sabes mucho más al respecto? ¿Será que sentencias porque sabes tan poco que prefieres ocultar tu ignorancia denostando lo que este expositor de seguro conoce de sobra?

No me vi en ese momento, pero si sentí como el color de mi rostro enrojecía de la vergüenza. Me sentí necio, que debí haber prestado más atención. Saber que las cosas que se te presentan en tu vida son por alguna razón, que aunque estuviera en desacuerdo con el expositor, había mucho conocimiento importante en sus palabras y para muestra bastaba un botón, lo dicho demostraba que tan grande era la persona que estaba frente a mí, dedicándome su conocimiento y sabiduría.

Entendí como muchas veces hice eso, es decir, como en este caso antes de escuchar al conferencista lo estaba juzgando y sentenciando. Me recordé en otras ocasiones que al hablar con algunas personas simulé el escucharlos “por educación” pero en realidad estaba pensando en miles de cosas y sólo asintiendo con la cabeza pero en realidad mi mente estaba en otro lado. Entendí lo importante que es prestar atención y escuchar activamente.

Me pregunté, ¿cuántas veces me habrán hecho eso mis interlocutores? Evité el tema inmediatamente ya que era doloroso pensar que otras personas me juzgaran sin conocerme, sin atender mis razonamientos, lo que tenía y deseaba tanto compartir con los demás. Todo eso que me daba ilusión comentar con las personas, esas experiencias, vivencias y tantas cosas que para mí eran de suma importancia, sin embargo, para alguien que con la ligereza del momento decidiera sacar su celular y revisar mensajes porque le fuera más relevante.

A veces, necesitamos ese jalón de orejas para comprender que cada cosa, cada situación y cada interacción con alguna persona tiene un secreto, solo es cuestión de identificarlo y ahí estará nuestro aprendizaje del día.

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