185 Acaso sin verte

Cuando era pequeño recuerdo haber tenido un patio muy grande en la parte trasera de mi casa, mi padre consideró que debíamos tener mucho espacio. El patio era más un lote baldío que un espacio de esparcimiento, una que otra planta perdida por aquí y otra por allá. Cualquiera lo vería como un predio desértico pero para el Bernardo niño era un lugar magnífico para correr y sentirse libre.
Lo recuerdo claramente, ese día era el ideal para estrenar mi papalote, estaba dispuesto a hacerlo volar tan alto como se pudiera. Mientras lo sostenía corría y corría por todo el patio y el resultado eran uno o dos metros de altitud del papalote para luego verlo caer al suelo. Aun así insistía en hacerlo volar, volvía a correr a toda prisa, de nuevo el papalote daba unas vueltas y al suelo iba a dar.
Enfadado me senté un momento a contemplar que opciones tendría para hacerlo volar más alto. En la genial mente de un niño de 7 años, más o menos, veo un cuarto reservado para guardar todas las valiosísimas porquerías, como diría mi amigo Aldo :-). Era perfecto, tenía la altura ideal para poder volarlo más alto, unos 3 metros de altitud diría yo, para ese niño, una estructura colosal, aun así decidí subirla y experimentar.
Una vez arriba la meta era volar el papalote, pensé, si desde abajo volaba desde arriba sería más fácil. Una vez arriba del cuarto y mientras observaba que el piso estaba retirado cuidadosamente intentaba volar el papalote, pero éste necesitaba más fuerza, más impulso, así que pensé que si corría un poco y por supuesto que teniendo cuidado el papalote volaría y así fue, solo que medí mal, el papalote y yo volamos juntos.
Sólo que la cometa se mantuvo por más tiempo en el aire que yo, esa es la imagen de mi viendo el papalote volar y yo caer más rápido. Sin embargo, lo más impactante fue que en otro lugar y en ese mismo momento desde otro ángulo, estaban mi madre y una de mis hermanas, cuando de pronto, desde la ventana de la cocina ven caer algo desde el “cuartito” de valiosísimas porquerías. Salen como si un rayo las hubiera alcanzado, mientras el niño como si nada pasara en la vida se levanta sacudiéndose el polvo.
La madre y la hermana gritan, lloran y el niño como si nada. En realidad nada le pasó, un milagro cotidiano, bueno, más milagro que cotidiano. Años más tarde el niño entiende que si la vida le ha permitido salir ileso de esa y de otras experiencias similares que luego les contaré es porque ésta le tiene algo especialmente preparado para él, o bien, este niño tiene una gran misión por lo cual se ha salvado de muchas.
Aun estoy en el proceso de saber cuáles son esas grandes cosas, sin embargo, una de ellas es escribir milagros cotidianos, escribirte a tí y decirte que eres parte fundamental de esta motivación, de que aun cuando sin conocerte o acaso sin verte, pienso en que lo leerás y tal vez una sonrisa se dibuje en tu cara. Que tal vez si estabas triste, esto te haga feliz o si andabas buscando una respuesta, tal vez sin querer la encontraste al simplemente leer este artículo.
Por eso mi deseo es hacerte ver porqué es tan importante que me escribas indicándome si lo hago bien o mal, que me saludes o que me digas algo porque todo esto finalmente está hecho para ti. Este tiempo que me tomo durante el día es sólo para estar más cerca de ti. Muchas gracias por estar ahí compartiendo conmigo. Te deseo una vida llena de milagros cotidianos.
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